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lunes, 22 de mayo de 2017

Pedro y el lobo

Os voy a contar un cuento, de esos clásicos de toda la vida y con una moraleja que nos hace sentir a todos más sabios, aunque después no hagamos caso.

Érase un pastorcillo (que ya no sé si se llamaba Pedro o Prokofiev está haciendo que me líe) que le gustaba gastar bromas pesadas. Un día bajó al pueblo corriendo, apurado, gritando “¡Qué viene el lobo! ¡Que viene el lobo! ¡Se va a comer mis ovejas!” Los del pueblo salieron con sus escopetas y sus azadas para dar caza al bicharraco, pero cuando llegan al monte, descubren que era una broma bastante pesada (ahora le aplicarían la Ley Mordaza y lo meterían en chirona). Obviamente, le dijeron al capullo ese pastorcillo que esas bromas mejor hacerlas en la intimidad. Al cabo del tiempo, el pastorcillo, demostrando el nivel de su sentido común, decidió repetir la broma, y los aldeanos se volvieron a cabrear, porque eran unos carcas y no entendían el humor moderno, en el que no se cuenta un chiste sino se hace una performance. El pastorcillo había demostrado su superioridad intelectual haciendo caer a los hombres del pueblo dos veces en la misma broma. Pero ¡ay!, llegó el día en el que el lobo llegó de verdad, y el pastorcillo bajó corriendo al pueblo a pedir ayuda, pero con consiguió que le hicieran caso. ¿Cómo era posible, si esta vez era de verdad? La historia termina con un lobo con el colesterol por las nubes, tres ovejas muertas y el resto con un ataque de nervios de aúpa, y el pastorcillo despedido, demandado y teniendo que pedir un crédito al banco para pagar daños y perjuicios a los dueños del rebaño. Moraleja: a los bromistas les cortamos las pelotas.

¿Y esto a qué viene? Podría estar hablando de loslímites del humor, de la ley Mordaza y de la corrección política, pero todo esoya cansa por trillado. Así que vamos a meternos en otros berenjenales, en este caso, los electorales.

El pasado domingo hay gente que votó. Los militantes del PSOE elegían a su nuevo secretario general. El resultado ya es conocido: Pedro Sánchez se ha llevado más de la mitad de los votos, y ha recuperado el puesto del que le echaron hace pocos meses. El aparato del partido, el principal partido del país, medios de comunicación y grandes empresas preferían que ganase la favorita Susana Díaz.

¿Qué ocurre cuando la gente vota lo que no conviene a los que mandan? Se les acusa de no tener ni idea,  que se dejan llevar por populismos, y que para que salga esta mierda mejor no consultar y que decidan los que saben.

Este caso no es distinto, para muestra, el artículo de opinión de El País, titulado, para que no nos quede ninguna duda sobre su posición «El ‘Brexit’ del PSOE».  Un artículo en el que se dicen lindezas como esta:

«La propuesta programática y organizativa de Sánchez ha recogido con suma eficacia otras experiencias de nuestro entorno, desde el Brexit hasta el referéndum colombiano o la victoria de Trump, donde la emoción y la indignación ciega se han contrapuesto exitosamente a la razón, los argumentos y el contraste de los hechos. En este sentido, la victoria de Sánchez no es ajena al contexto político de crisis de la democracia representativa, en el que se imponen con suma facilidad la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento.»

En resumen: acusan a los militantes socialistas de caer en la demagogia barata, en lugar de mostrar el sentido común de votar a la candidata que ellos nos dicen que es la mejor. Que le he hemos abierto la puerta al lobo y que luego no nos quejemos si se zampa las ovejas. Que ya nos habían avisado, y ni flores.

Pero en este párrafo se dice una cosa mucho más grave: Nos aseguran (y para que no quede duda ya lo han puesto en el título) que esta es otra demostración más de que la gente, cuando la dejas votar libremente, es cuando más demuestra su inutilidad. Que dejarnos votar es un error, y para esto, mejor mandamos a la mierda la democracia y que decidan los que manejan los cuartos, que para eso saben qué es lo que mejor les nos conviene.

Es cierto que para votar con coherencia hay que prepararse. Hay que estar bien informado, ser capaz de extraer la información útil escondida entre tantas toneladas de datos sin valor, y aprender que cuando damos nuestra opinión (en las urnas, en un jurado o en el bar) debemos ser coherentes y responsables de nuestras palabras y actos.

Y eso se consigue aumentando la costumbre democrática. Preguntando más, haciendo más referéndums y creando un canal de comunicación fiable entre los que ostentan el poder y los que, según la Constitución, lo ejercemos, ofreciéndonos información relevante y no actuando como charlatanes de feria. De este modo, la democracia se haría más fuerte, y aprenderíamos a votar lo mejor para nosotros (que por supuesto, no tiene por qué ser lo mismo que lo mejor para ellos, generalmente al contrario)


Porque la alternativa de gritar “que viene el lobo” cada vez que no les gusta lo que votamos, acabará por conseguir que la democracia al fin sea devorada por los lobos que nos gobiernan.

domingo, 9 de abril de 2017

Destruyendo mitos: El Club de los cinco

Conforme van pasando los años y nuestra historia pasada se va agrandando, tendemos a mitificar aquellos elementos con los que convivimos en nuestros tiempos de juventud. Lo hacemos nosotros, lo hicieron nuestros padres, y lo harán nuestros hijos. La lejanía en el tiempo y el modo que tiene nuestro cerebro en almacenar los recuerdos hacen que casi todos creamos que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y que nuestra época era más interesante que cualquier otra.

El principal efecto secundario es que no admitimos críticas a nuestra identidad cultural. Da igual si hablamos de cine, de literatura o de música. La que vivimos es infinitamente mejor, aunque sea falso.

Yo mismo, a mis cuarenta y tantos, sufro el mismo problema. Me cuesta mucho analizar con sentido crítico la explosión cultural que vivimos allá por los años ochenta, y por eso quiero hacer el esfuerzo de atacar la base de la cultura ochentera, para comprobar si sus cimientos son sólidos, o hemos adorado a gigantes de barro.

Empezaré por las películas “de adolescentes” norteamericanas, y más concretamente con una mítica: El Club de los Cinco.

El cine adolescente de los años 80

Aunque la Historia del Cine está plagada de películas de “cine adolescente”, películas que narran la vida de los jóvenes, y generalmente escritas para que otros jóvenes que la vean se sientan identificados o aprendan una lección, durante la década de los ochenta fue un género con mucha presencia. Obviando motivaciones políticas o económicas, que seguro las habrá y serán muy importantes, uno de los motivos fue cultural y tecnológico: Hollywood estaba viviendo su ¿última? gran expansión gracias a la aparición de los reproductores de vídeo domésticos, y quisieron aprovechar para llevar el estilo de vida y el sueño americano a cada rincón del planeta. Y así pudimos ver las grandes películas de desmadres (Despedida de soltero, Porky’s), y las comedias adolescentes, cuyo principal exponente es el director John Hughes con películas como La chica de rosa, o la que nos ocupa ahora:

El Club de los Cinco 

Realizada en 1985, cuenta la historia de lo ocurrido un sábado de marzo en un instituto de Illinois, donde se encuentran castigados cinco alumnos, cuya personalidad está muy estereotipada: un empollón, una niña pija, un deportista, un matón y una antisocial inadaptada.

El logro de la película es que, a través de las historias que nos cuentan, humanizan los estereotipos, dándoles una mayor profundidad. No son etiquetas, sino personas.

Y sin embargo… este intento de humanizar los personajes es en sí otro estereotipo. Lo que los jóvenes nos cuentan son las mismas historias de siempre: Ya sabemos, porque lo hemos escuchado un millón de veces, que no es fácil hacer amigos cuando eres un empollón, o que el tirano de los pasillos tiene problemas en casa, o que la presión que se ejerce sobre el deportista puede acabar con cualquiera.

También sabemos que los polos opuestos se atraen. Y es en este punto donde el estereotipo se hace más palpable, sin ningún interés por alterar las reglas escritas del juego:
La inadaptada se junta con el deportista, la niña buena con el chico malo… y el empollón no solo se queda solo, como siempre, sino que además es engañado por los demás para escribir la redacción que entregarán al director de forma conjunta.

Y al final, todos sienten que forman parte de algo importante, o al menos en teoría, porque al día siguiente todo vuelve a la normalidad, y el gamberro seguirá pegando al empollón mientras se tira a la tía buena, y el deportista no se dejará ver con la tía rara que viste de negro.
Porque una cosa es vivir algo especial un sábado, y otra muy distinta cambiar las reglas del colegio.